sábado, 19 de septiembre de 2009

¿CÓMO RECONOCÍ A UN AGENTE DE INTELIGENCIA?

-¿Está el editor del libro de Abimael? -preguntó un tío rechoncho. Tenía una gorra negra que dejaba ver su cabello cano. Vestía deportivamente.
-¿El editor? -contestó mi padre.
-Sí, el editor de Abimael. He venido a comprar libros. Quiero llevarlos a Ayacucho.

Y el tío rechoncho insistía. Decía que había venido desde Huancavelica y que era un comerciante muy bueno para los negocios. Le habló a mi padre de sus anteriores tratos comerciales, de sus viajes llevando mercadería a lugares recónditos; en fin, insistía en verme. Su voz se oía a lejos.
Si no le hubiera escuchado tal vez no habría ido a encararle pero cuando oí esa voz de tono lumpen, algo amenazante a mi padre, salí. En ese momento estaba en mi cuarto leyendo las noticias por la red. Una de ellas afirmaba lo que nunca había afirmado; otra, menos sensacionalista, mostraba las declaraciones de constitucionalistas sobre el tema de apología al terrorismo. El resto, publicitaba la salida del libro.
-¿Qué quieres? -le espeté, con cierto fastidió, al tío rechoncho que estaba sentado en el restaurante de mi padre.
-Quiero llevar los libros de Guzmán a Ayacucho -dijo con cierto temor.
-Pues, anda a las librerías, allí venden -le respondí.
Y el tío cogió la visera de su gorra, nervioso. Por mi parte, le miré a los ojos como diciéndole, "ya pues, no seas monse, estas al descubierto, eres un agente, descúbrete". El tío empezó su rollo de mercachifle improvisado. Repitió lo mismo que le había dicho a mi padre y que seguramente había ensayado horas y horas ante un espejo de las oficinas de la DIRCOTE. Pero se notaba a leguas su nerviosismo, su improvisación, su poco convencimiento de lo que decía. Por ejemplo, no era capaz de sostener la mirada o sus manos se movían sin sentido. Además, era contradictorio su rollo. Decía que era de Huancavelica, sin embargo, ni un dejo del habla andina; ni siquiera su rostro era típico del poblador huancavelicano, al contrario, era más castizo que el de un pata de la molina. Pero recordé a un tal Salas, que había sido premier o algo asi del gobierno de Fujimori, y que tenía también un rostro blanquiñoso. No siempre el color de la piel puede asegurar la procedencia, pensé para mí.
-¿Cómo se llama el nombre de tu empresa? -le pregunté mientras ganaba algo de tiempo para tomarle fotos.
-Soy comerciante independiente -me dijo, más calmado.
Entonces saqué una cámara canón, de esas pequeñas que rematan en polvos azules, y le empecé a tomar fotos. El tipo se levantó. Salió del restaurante y se fue apurado, sin decir nada.